Había una vez una tierra, lejana y recóndita. Allí habitaba un venerable anciano que durante toda su vida había sembrado justicia, humanidad, moderación, coraje, sabiduría y ternura.
Un día se sentó a meditar cerrando ambas manos. Así pasó 8 días, tras los cuales abrió los ojos, y después, sus manos. De ellas salieron pequeñas luciérnagas, que revolotearon alrededor.
-Tenéis una gran misión. Debéis llevar luz allí donde hay oscuridad. Iluminad cada rincón donde la confianza titubea, donde no se cultiva la sabiduría, donde las fuerzas flaquean, donde hay defensa y ofensa, y no escucha ni acogimiento. Id, y dad luz, así a los que iluminéis, iluminarán.
Aunque aún no lo sepas, tú que lees estas líneas, eres una de esas luciérnagas.
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